Un sacerdote me decía algo que no he olvidado: los pecados que más pesan no son los de ahora, sino los del pasado sin resolver. No es una idea nueva — atraviesa toda la tradición del examen de conciencia, de Agustín a la escolástica, del cuidado penitencial que San Fulgencio predicaba a la mirada escatológica de una Santa Gertrudis, para quien la muerte no era corte sino encuentro.
La pedagogía actual, con Víctor García Hoz y José Antonio Marina, insistió en algo que esta tradición ya sabía: educar es ayudar a la persona a “hacerse presente” ante sí misma, no acumular datos sobre ella. Aplicado a la educación para la muerte, esto cambia el enfoque: no se trata de enseñar a morir bien al final, sino de enseñar, desde mucho antes, a mirar de frente lo que se arrastra sin resolver — el examen de conciencia como herramienta pedagógica, no como trámite religioso.
La propuesta es sencilla: llevar el examen de conciencia ignaciano-agustiniano a las aulas de educación para mayores, no como catequesis, sino como ejercicio de personalización educativa en el sentido de García Hoz — cada persona revisando su propio relato, con sus propias cuentas pendientes, acompañada y no juzgada. El objetivo no es la culpa. Es que el peso del pasado no se acumule para ser resuelto solo al final, cuando ya no queda tiempo para la reconciliación.
En la medida en que la calidad educativa ha ido descendiendo en muchos aspectos, el problema no es solo metodológico, sino que afecta al propio ser humano en su comprensión de sí mismo. Recuperar a estos autores de carácter filosófico y humanista, junto con las enseñanzas de los primeros padres de la Iglesia —del siglo I al VI—, no es apelar a una autoridad incuestionable: todo lo aquí citado es, al fin y al cabo, invención y construcción de la mente humana. Pero conviene recordar que aquello que no se practica, estudia o investiga, se olvida. De ahí la insistencia en retomar, en los centros educativos, los proyectos de educación para la muerte y para el duelo — hoy más urgentes dentro del paradigma del Homo Identitario Híbrido / Homo Technicus Globalis, dado que ciertas dinámicas de la era digital extrapolan a la sociedad formas distorsionadas de vivir y evitar la muerte.
La propuesta, que de hecho ya existe en numerosas universidades y aulas de secundaria, persigue tres objetivos: que el alumnado interiorice la finitud humana como hecho; que desarrolle autocontrol personal ante las vicisitudes vitales; y que reconozca la muerte como situación propia del ser humano, para no vivir engañado en la mera superficie de las cosas.
Esta pérdida de resistencia mental y autocontrol adquiere hoy una urgencia que trasciende lo pedagógico: el aumento de las tasas de suicidio adolescente, en su relación documentada con el consumo digital, obliga a repensar la educación para la muerte no como materia optativa sino como vacuna psicológica temprana. López Martínez (2020) ya advertía sobre el “cibersuicidio” — la exposición a contenido y comunidades prosuicidas en Internet como factor de riesgo específico. El informe del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (2023) matiza que el uso digital no es en sí mismo nocivo para la mayoría, pero identifica un núcleo vulnerable — hasta un tercio de los menores de 16 años — en riesgo de uso compulsivo, con el FOMO como mecanismo de deterioro emocional. Educar para la muerte y el duelo, en este marco, no es prepararse para el final: es dotar al adolescente de la resistencia mental que le permita atravesar la pérdida — propia y ajena, real y simbólica — sin que su ausencia se convierta en la vía de salida.

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